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Cómo preparar la tierra para sembrar

Antonio Amigo - APÚNTATE ✉
Aquí encontrarás información detallada sobre la preparación del terreno antes de sembrar, por qué y cómo hay que prepararlo, cuándo hacerlo, y mucho más.

Es un artículo que leerás en 5 minutos, pero que cambiará tu punto de vista. Verás el trabajo en el huerto de una nueva forma. ¿Seguimos?


¿Por qué hay que labrar?

En la naturaleza, nadie prepara el terreno para que las semillas germinen y las plantas desarrollen sus raíces en el suelo. Entonces, ¿por qué hay que hacerlo cuando se cultiva un huerto?


Compactación

La diferencia principal que hace esta labor necesaria, es que en un huerto tradicional, la tierra se suele compactar mucho tras una temporada de cultivo.


Labrar el terreno se hace necesario para imitar las condiciones de un suelo en estado natural, por ejemplo uno de un bosque o una pradera: suelto y aireado, rico en materia orgánica y fértil


La compactación del suelo puede ser natural o provocada por la actividad humana.

La natural se da en suelos arcillosos, que al secarse se vuelven muy duros y poco o nada apropiados para el cultivo si no se labran.

En cuanto a la otra, la vemos con más detalle a continuación, ya que suele ser la más frecuente, y tienes las siguientes causas:


Trasiego de personas/maquinaria

La primera, y más obvia, es que al pisar la tierra —cosa que es necesaria para eliminar las "malas hierbas", entutorar, recolectar, etc— se va apelmazando y endureciendo.

Más cuando se emplea maquinaria pesada, como tractores, cosechadoras, etc. Y mucho más si se pisa cuando está demasiado húmeda.

Según el tipo de suelo y la intensidad del "pisoteo", la compactación puede llegar a una mayor o menor profundidad.

En estas condiciones, si no se preparara el terreno antes de sembrar el siguiente cultivo, las raíces de las plantas tendrían muchas dificultades para penetrar en el suelo. Les costaría mucho avanzar, y por tanto encontrar los nutrientes y el agua necesarios para su desarrollo y, en consecuencia, su crecimiento sería muy precario.


Las prácticas agrícolas convencionales son las causantes de que sea necesario labrar la mayoría de los suelos de cultivo.


Las plantas tenderían al enanismo y los frutos serían escasos y de una muy pobre calidad. Y esto no es lo que desearía cualquier horticultor, a pesar de que la preparación del terreno sea una de las labores más pesadas del huerto, casi siempre es necesaria.






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Lluvia y riego

La segunda causa es la lluvia y el riego aunque algo menos importantes que la anterior.

La energía de las gotas de agua estrellándose contra el suelo desnudo, va empujando las partículas de tierra poco a poco hacia abajo. Además, el hecho de que la tierra se moje la hace más susceptible a desplazarse y comprimirse.

Gota tras gota se va creando una capa o costra endurecida sobre el terreno. Esta costra es perjudicial para las hortalizas por varios motivos que ahora veremos.


✘ Menor aireación y penetración del agua

La capa de tierra comprimida es menos porosa que la tierra suelta. La mucho menor cantidad de poros y el tamaño más pequeño de estos, hace que el aire y el agua penetren con mucha dificultad y a cuentagotas.

Esto lo hemos comprobado todos cuando echamos agua con una regadera al pie de una planta y el líquido se escurre hacia todas partes en lugar de infiltrarse. En cambio, si antes se rompe esa costra, el agua penetra rápidamente en el terreno, llegando rápidamente a la zona de las raíces, abasteciendo a la planta y quedando a salvo de la evaporación.

Pues esto es lo que se ve, pero con el aire pasa algo parecido, y el intercambio de gases entre el suelo y la atmósfera es muy importante para la fertilidad y salud de la tierra.


✘ Dificulta la emergencia de las plantas

Hortalizas como el ajo, judías, guisantes, zanahorias y otras que se siembran directamente en el suelo, tendrían que romper esa costra para poder emerger a la superficie.

Esto retrasaría el nacimiento e incluso podría hacer que algunas semillas no lograran superar esa barrera y se echaran a perder.

Es muy frecuente que si llueve intensamente o durante mucho tiempo después de haber realizado una siembra, gran parte de las semillas no germinen y haya que repetirla.


Proceso de preparación

Como vimos en la introducción anterior, con la preparación del terreno lo que pretendemos principalmente es aflojar la tierra, dotarla de una estructura más esponjosa, para que las raíces se extiendan más fácilmente.

Además, se suelen aprovechar las labores preparatorias para aportar abonos y enmiendas al suelo, mezclándolos con la tierra, ya sea para corregir características indeseadas —como pH muy alto o muy bajo, escaso porcentaje de materia orgánica, etc—, o para aportar nutrientes y mejorar la fertilidad.






Los cultivos extraen nutrientes del suelo, los mismos que utilizamos más tarde en nuestra alimentación. Si no se reponen dichos nutrientes, la tierra poco a poco se va empobreciendo, hasta el punto de no ser apta para el cultivo. Esto obliga a abonar o alimentar el suelo.

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El laboreo de la tierra se puede hacer con herramientas manuales —si es poca extensión— o mediante maquinaria, ya sea motoazada o tractor, si es mucho terreno el que hay que preparar.

En este artículo nos centraremos en el laboreo de un huerto familiar, que se puede hacer perfectamente de forma manual, aunque se cobre algunas horas de trabajo.

Veamos el proceso detallado paso a paso.


Tempero o sazón

Estás dos palabras definen el estado del terreno cuando está listo para ser trabajado, es decir, ni demasiado húmedo —la tierra se pega a los zapatos y a las herramientas— ni demasiado seco —sale polvo al cavar y la tierra tiene un color pálido—.

Es muy importante no trabajar el suelo hasta que tenga un correcto nivel de humedad, es decir, que haya alcanzado el tempero.

Si lo preparamos estando muy húmedo, solo conseguiremos estropear su estructura. Se formaran terrones de distintos tamaños que dejarán un suelo granulado para el resto de la temporada. No conviene en absoluto.

En cada suelo, el tempero se alcanza en un momento determinado, dependiendo de si es más arenoso o más arcilloso.

Los suelos arenosos rápidamente drenan el exceso de humedad tras las lluvias y pueden ser trabajados a los pocos días. En cambio, los suelos arcillosos retienen mucha humedad por lo que habrá que esperar más tiempo para que alcancen un buen tempero.


¿Cómo indentificar el tempero?

Si tenemos dudas, lo mejor es cavar un poco y tomar un puñado de tierra a unos 10 cm de profundidad. Si al apretarla en la mano expulsa agua, brilla su superficie como si estuviera mojada o forma un bloque que no se deshace, el suelo no está listo todavía. Hay que esperar a que pasen otros cuantos días de tiempo seco y soleado. También suele pegarse en la azada cuando se cava con ella y en la suela de los zapatos o botas, formando una masa pegajosa.

Habrá tempero cuando al apretar el puñado de tierra lo notemos húmedo pero no veamos rastro del agua y cuando lo movemos o tratamos de deformarlo se rompe y cae la tierra desmenuzada. Notaremos también como la tierra no se pega en la azada ni en las botas —o muy poco—.






Si el suelo está muy seco, tendremos que regarlo el día antes de que vayamos a cavar. De lo contrario saldría mucho polvo y nos resultaría muy complicado labrarlo, especialmente si es arcilloso, si ha estado muchos años sin cultivar o ha sido pisado por maquinaria.


Retirar la vegetación

Foto 1. Restos de vegetación muerta y viva sobre el suelo del huerto.


Lo primero que debemos hacer siempre antes de comenzar a remover la tierra —si no lo hemos hecho ya— es retirar tanto la vegetación viva que crece sobre el suelo, como los restos del cultivo anterior.

Podríamos tratar de enterrarlos, mediante el laboreo, para que abonaran el suelo pero esto es muy dificultoso si pretendemos hacerlo a mano. Es mejor llevarlos al montón del compost ―el estómago del huerto o jardín― para que se descompongan y más adelante devolverlos a la tierra ya como compost maduro.

La mejor herramienta para eliminar la vegetación del suelo es una azada ancha y bien afilada, que pueda cortar la hierba a ras de suelo. Las raíces podemos dejarlas bajo tierra para que se descompongan y aporten nutrientes al suelo.

Una vez raspada toda la vegetación, con una horca la cargamos en la carretilla y la llevamos al montón del compost. Si estamos cerca, podemos tirarla directamente sin usar la carretilla.

Una alternativa consiste en retirar la vegetación a medida que se va cavando el suelo. De esta forma la tierra queda más limpia, puesto que las plantas son extraídas casi completamente, pero obliga a estar agachándose ―casi constantemente― para recoger las plantas con las manos, teniendo que sacudirlas para que caiga la tierra que permanece unida a sus raíces.


Labrar el suelo

Ahora llega el momento de la verdad. Tendremos que armarnos de paciencia y comenzar a roturar el suelo con la herramienta que más nos guste. Eso sí, tiene que alcanzar una buena profundidad —al menos 25 cm— y permitirnos romper los terrones que vayan quedando.

Lo más habitual es que se usen azadas para esta labor, si bien es cierto que otras herramientas, como una buena horca de cavar, hacen el trabajo mucho más fácil y además de alcanzar profundidades mayores, la tierra queda más esponjosa y con menos terrones. Es mi preferida.

Otra que también se puede utilizar es el palote, que a diferencia de la la horca, suele tropezar con muchas piedras que le impiden profundizar y deja el suelo lleno de terrones que luego hay que romper. Es mejor para hacer bancales o cambiar la tierra de lugar.






En cuanto a la manera de cavar, lo ideal es no voltear las capas del suelo, dejando que la tierra de la superficie quede en la superficie y la más profunda permanezca a la misma profundidad a la que estaba. Si cambiamos el orden, estaremos mandando la tierra más fértil y con mayor actividad biológica a la parte profunda, dónde al haber menos oxígeno perecerán la mayoría de los microorganismos y dejarán de descomponer y mineralizar la materia orgánica. La fertilidad del suelo bajará. Para lograr este fin, es más útil de nuevo la horca de cavar o, aún mejor, la horca de doble mango.

Si pretendemos aportar abono, estiércol o compost, antes de cavar lo esparciremos por toda la superficie, de forma que se vaya incorporando al suelo a medida que removemos la tierra. Lo ideal es que esté bien descompuesto y tenga una textura suelta que permita distribuirlo bien.

Foto 2. Extendiendo estiércol sobre la tierra del huerto antes de cavar.

Si cavamos con azada o palote (pala de jardinería), una vez que terminemos, tendremos que tomar un garabato y dar otra pasada con él para romper los terrones que hayan quedado. Notaremos como la tierra ya queda más suelta y homogénea.

Por este motivo, es recomendable hacerlo con una horca para cavar, ya de esa forma quedarán menos terrones, y los que queden serán de menor tamaño. Además, requerirá mucho menos esfuerzo, ya que se clava infinitamente mejor en la tierra, y aunque haya piedras no se detiene en su avance.


Consejos importantes

✦ Todas las piedras más grandes que una nuez que encontremos las iremos apartando a un lado para luego recogerlas.

✦ Si vemos que salen a la superficie insectos plaga —como por ejemplo larvas de gallina ciega (Phyllophaga spp.), gusano de alambre, gusanos cortadores, etc— tenemos que retirarlos de nuestro suelo. A las gallinas les encantan, ¡ahí lo dejo!

✦ Hay que tratar de pisar lo menos posible la tierra removida. Utilizar la horca de cavar lo permite, ya que se trabaja hacia atrás.



Rastrillar

Finalmente, no está de más pasar un rastrillo un par de veces para retirar piedras que pudieran quedar cerca de la superficie y que, si no las quitamos, podrían dificultar o impedir el nacimiento de las semillas que sembremos.

No es tan necesario cuando vamos a trasplantar las hortalizas al lugar definitivo, ya que no necesitarán emerger del suelo. En este caso, trataremos solamente de que no queden piedras en el hoyo de plantación.


A partir de este momento el suelo ya estaría preparado para sembrar, pero veamos cómo podemos ahorrarnos todo ese trabajo el próximo año.







Organización en bancales

Para evitar que tengamos que preparar el suelo cada año, o incluso tras cada cultivo, podemos organizar el huerto en bancales elevados o simplemente planos, es decir, en zonas de cultivo separadas por pasillos.

Las zonas serán siempre la mismas, de forma que solo pisemos en los pasillos y nunca en los bancales. Con esto ya evitaremos que el suelo se apelmace por pisarlo, pero aún podemos hacer más.

Además de la organización en bancales, si realizamos un acolchado de las zonas cultivadas, reduciremos la formación de la costra superficial por el efecto de la lluvia y la desecación del sol, entre otras muchas ventajas.

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