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Cómo preparar la tierra para sembrar

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Aquí encontrarás información detallada sobre la preparación del terreno antes de sembrar, por qué y cómo hay que prepararlo, cuándo hacerlo, y mucho más

Los aficionados a la horticultura suelen estar divididos en este tema. Una parte de ellos piensan que la tierra hay que trabajarla mucho para lograr buenas cosechas (filosofía convencional). El otro grupo sostiene que al contrario, que debe labrarse lo menos posible para que no se deteriore su estructura y su fertilidad naturales (filosofía naturista).

⚑ Masanobu Fukuoka (Método Fukuoka, agricultura natural)

Parecen planteamientos contradictorios, así que es lógico pensar que ambos no pueden estar en lo cierto, ¿verdad?

Casi seguro que te identifiques más con alguna de estas dos formas de pensar, pero lo que leerás a continuación no está sesgado ni hacia una ni hacia la otra. Ambas tienen cosas buenas, por supuesto, por lo que intentaremos explicar y aprovechar lo mejor de cada una.

En la foto anterior puedes ver al señor Fukuoka, autor del influyente libro La Revolución de una Brizna de Paja, en el que cuenta cómo obtuvo excelentes resultados a través de la agricultura natural, sin arar, sin fertilizantes y sin eliminar las malas hierbas.

Todo esto está muy bien, pero vamos a analizarlo desde un punto de vista neutral.


¿Es necesario labrar la tierra?

Como sostenía el señor Fukuoka, en la naturaleza nadie prepara el terreno para que las semillas germinen, las plantas extiendan sus raíces por el suelo y se desarrollen hasta la madurez. Entonces, ¿por qué habría que hacerlo cuando se cultiva un huerto?

Algunas problemáticas corrientes del cultivo son las que "obligan" a labrar el suelo antes de cada siembra o plantación. Son estas que siguen:


Compactación

La causa principal que hace esta labor necesaria, es que en un huerto tradicional, la tierra se suele compactar mucho tras una temporada de cultivo. Pierde su estructura natural, su porosidad.


Labrar el terreno se hace necesario para imitar las condiciones de un suelo en estado natural, por ejemplo uno de un bosque o una pradera: suelto y aireado, rico en materia orgánica y fértil.


La compactación del suelo suele ser siempre provocada por la actividad humana, ya sea de forma directa o indirecta.

Indirectamente ocurre en suelos arcillosos y/o sin vegetación, que al secarse se vuelven muy duros y poco o nada apropiados para el cultivo, si no se labran. Un suelo sin cobertura, salvo que sea muy arenoso, suele compactarse en poco tiempo por el simple efecto de la lluvia y el sol.






En el otro lado, la compactación provocada directamente por la actividad humana, en concreto por las prácticas agrícolas. Suele ser la más frecuente, y tiene las siguientes causas:


Trasiego de personas/maquinaria

La primera, y más obvia, es que al pisar la tierra, actividad necesaria para eliminar las "malas hierbas", entutorar, recolectar, etc, esta se va apelmazando y endureciendo. Pierde su porosidad natural, su estructura, y con ello sus propiedades para el cultivo.

Se puede ver en la imagen adjunta que muestra un corte en el suelo.

Esto es más grave cuando se emplea maquinaria pesada, como tractores, cosechadoras, etc. Y mucho más si se pisa cuando está demasiado húmeda.

Según el tipo de suelo y la intensidad del "pisoteo", la compactación puede llegar a una mayor o menor profundidad.

En estas condiciones, si no se preparara el terreno antes de sembrar el siguiente cultivo, las raíces de las plantas tendrían muchas dificultades para penetrar en el suelo. Les costaría mucho avanzar, y por tanto encontrar los nutrientes y el agua necesarios para su desarrollo y, en consecuencia, su crecimiento sería muy precario.

Por otro lado, la tierra compactada retiene mucho menos aire en su interior, aire que las raíces y los microorganismos del suelo necesitan para poder vivir. Requieren que haya aire y un intercambio de este con la atmósfera, y para eso el suelo tiene que permitir una buena ventilación.


Las prácticas agrícolas convencionales son las causantes de que sea necesario labrar la mayoría de los suelos de cultivo.


En estas condiciones, el cultivo sería casi imposible. Si no se labrara el terreno, las plantas tenderían al enanismo y los frutos serían escasos y de una muy pobre calidad. Un cultivo con pésimos resultados. Y esto no es lo que desearía cualquier horticultor, a pesar de que la preparación del terreno sea una de las labores más intensas del huerto, casi siempre es necesaria para reparar el suelo.






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En un terreno compactado, aún hay que esperar un último efecto indeseado: el deficiente drenaje del agua.

El drenaje es la capacidad que tiene el suelo para dejar escurrir el agua a través de él. Si la tierra se compacta, los poros se vuelven mucho más pequeños, y como ocurre en un colador cuando se tapona, dejan pasar el agua muy lentamente, manteniéndose la tierra encharcada por largos periodos. Esto suele ser fatal para la mayoría de los cultivos.


Lluvia y riego

La segunda causa de compactación y pérdida de la estructura del suelo, es la lluvia y el riego, aunque en este caso algo menos importantes que la anterior.

La energía de las gotas de agua estrellándose contra el suelo desnudo, va empujando las partículas de tierra poco a poco hacia abajo. Además, el hecho de que la tierra se moje la hace más susceptible a desplazarse y comprimirse.

Gota tras gota, se va creando una capa o costra endurecida sobre el terreno. Esta costra, aunque normalmente es superficial y delgada, perjudica el desarrollo de las hortalizas por varios motivos que ahora veremos.


✘ Menor aireación y penetración del agua

La capa de tierra comprimida es menos porosa que la tierra suelta. La menor cantidad de poros y el tamaño más pequeño de estos, hace que el aire y el agua penetren con mucha dificultad.

Esto se puede ver fácilmente cuando, después de unos días de lluvias o riegos por aspersión o inundación, se echa agua con una regadera al pie de una planta, y el líquido se escurre hacia todas partes en lugar de infiltrarse. En cambio, si antes se rompe la costra superficial, el agua penetra rápidamente en el terreno, llegando rápidamente a la zona de las raíces, abasteciendo a la planta y quedando a salvo de la evaporación.

Esto es lo que se ve, pero con el aire pasa algo parecido, y el intercambio de gases entre el suelo y la atmósfera es muy importante para la fertilidad y salud de la tierra. Los microorganismos del suelo necesitan aire para trabajar, y ellos son los responsables de transformar la materia orgánica bruta (estiércol, compost, etc) en compuestos nutritivos directamente asimilables por las raíces de las plantas.


✘ Dificulta la emergencia de las plantas

Hortalizas como el ajo, judía, guisante, zanahoria y otras que se siembran directamente en el suelo, tendrían que romper esa costra para poder emerger a la superficie.

Esto retrasaría el nacimiento, e incluso podría hacer que algunas semillas no lograran superar esa barrera y se echaran a perder.






Es muy frecuente que si llueve intensamente o durante mucho tiempo después de haber realizado una siembra, gran parte de las semillas no germinen y haya que resembrar.


Pérdida de fertilidad

La otra gran razón por la que los suelos se preparan antes de una siembra o plantación, es la necesidad de aportar nutrientes al mismo. Pero veamos que ocurre en la naturaleza.

En un suelo natural, año tras año los restos vegetales y animales van quedando depositados en la superficie, formando una capa más o menos gruesa de materia orgánica. Esta capa de restos va descomponiéndose con el tiempo, y lo hace más rápido bajo la superficie de la hojarasca, allí dónde la humedad y la temperatura son más constantes y permiten la vida de los organismos saprófitos (comen materia orgánica muerta), como lombrices, hongos y muchas especies de microorganismos.

Esta capa superior del suelo, repleta de materia orgánica en diferentes grados de descomposición, es una auténtica reserva de nutrientes para las plantas, y lo es a largo plazo, porque siempre se está produciendo más y más.

Pero ¿cómo llegan estos nutrientes superficiales a mayor profundidad, allí dónde se encuentran las raíces de las plantas? Bueno, pues hay que considerar estas cosas:

● La mayoría de las raíces delgadas, que las plantas utilizan para recoger nutrientes, son superficiales. Solo las gruesas de árboles y arbustos profundizan en busca de sustentación (para sostener la planta en pie) y agua en suelos secos.

● La lluvia, cae sobre la capa superficial y fértil, disuelve gran cantidad de nutrientes asimilables por las plantas, y los arrastra hacia abajo a través del perfil del suelo. Esto genera un gradiente de fertilidad, es decir, el suelo es más fértil en la superficie y menos a medida que se profundiza, pero aún así sigue habiendo nutrientes, aunque sean cada vez menos abundantes.

● La vida del suelo también contribuye a distribuir los nutrientes hacia abajo. Las lombrices, por ejemplo, cavan galerías que van de zonas más profundas hasta la capa superficial de restos en la que se alimentan. Al descender, van depositando sus excrementos a lo largo de la galería, nada más y nada menos que el famoso humus de lombriz. Los roedores también suben a la capa superficial para capturar los insectos que allí viven, bajo la hojarasca, y al bajar de nuevo, dejan sus excrementos (estiércol).

Como puede verse, en un ecosistema natural equilibrado, todo funciona a la perfección. El suelo se mantiene fértil indefinidamente y no es necesario labrarlo en absoluto.

Pero volviendo al caso de una tierra de cultivo, estos procesos naturales fertilidad están bloqueados por la propia actividad agrícola.






El cultivo crece, extrayendo gran cantidad de nutrientes del suelo, luego se cosecha y se lleva a otro lugar, perdiendo la tierra para siempre esos nutrientes. Tradicionalmente, los rastrojos o restos del cultivo, solían quemarse en el terreno, para hacer el trabajo más sencillo. Esto destruía toda la materia orgánica que contuvieran, dejando en el suelo solo la ceniza, es decir, los minerales que no se pudieron quemar. En la naturaleza esto sería como quemar un bosque; todo debe reiniciarse de nuevo, incluso la fertilidad.

Hoy en día apenas se queman rastrojos, optando por enterrarlos en el suelo mediante el arado del mismo. Esta es una práctica más sostenible y mejor para mantener una fertilidad más alta, aunque por sí sola insuficiente para garantizar un nuevo cultivo al año siguiente. La extracción de nutrientes realizada por el cultivo, suele ser mayor al aporte que puedan hacer los rastrojos. Aquí es dónde se hace necesario el abonado, ya sea con materia orgánica (lo ideal) o con fertilizantes industriales.

El aporte de abonos hace que sea necesario labrar la tierra de nuevo. Se podrían dejar en la superficie, como ocurre en la naturaleza, pero en tan poco tiempo no llegarían a capas más profundas del suelo, o serían arrastrados si caen lluvias fuertes. Por eso se entierran, para protegerlos y al mismo tiempo distribuirlos por los 30-40 cm superiores del suelo, allí dónde se extenderán la mayoría de las raíces del cultivo.

Como puede verse, el tema es bastante complejo de abordar. Es la propia agricultura la que "obliga" a preparar el terreno para devolverlo a una situación de fertilidad que se le arrebató primero.

Entendida la problemática, veamos cómo solucionarla para obtener buenos resultados con el mínimo esfuerzo o conservando las propiedades del suelo.


Proceso de preparación

Como se dijo anteriormente, con la preparación del terreno lo que se pretende principalmente es aflojar la tierra, dotarla de una estructura más esponjosa, para que las raíces se extiendan más fácilmente.

Además, se suelen aprovechar las labores preparatorias para aportar abonos y enmiendas al suelo, mezclándolos con la tierra, ya sea para corregir características indeseadas (como pH muy alto o muy bajo, escaso porcentaje de materia orgánica, etc) o para aportar nutrientes y mejorar la fertilidad, lo más normal.

Hay que recordar otra vez que los cultivos extraen muchos nutrientes del suelo, y que si no se reponen, la tierra poco a poco se va empobreciendo, hasta el punto de no ser apta para el cultivo. Esto obliga a abonar o alimentar el suelo.

Cómo abonar la tierra

✔ Aquí hablamos sobre las razones por las cuáles abonar, cómo saber cuando hacerlo y qué proceso seguir








El laboreo de la tierra se puede hacer con herramientas manuales, si es poca extensión, o mediante maquinaria, ya sea moto-azada o tractor, si es mucho terreno el que hay que preparar.

En este artículo nos centraremos en el laboreo de un huerto familiar, que se puede hacer perfectamente de forma manual, aunque se cobre algunas horas de trabajo.

Veamos el proceso detallado paso a paso.


Tempero o sazón

Este concepto es fundamental a la hora de trabajar cualquier tierra.

Estás dos palabras definen el estado del terreno cuando está listo para ser trabajado, es decir, ni demasiado húmedo (la tierra se pega a los zapatos y a las herramientas) ni demasiado seco (sale polvo al cavar y la tierra tiene un color pálido)

Es muy importante no trabajar el suelo hasta que tenga un correcto nivel de humedad, es decir, que haya alcanzado el tempero.

Si se trabaja estando muy húmedo, solo se logrará estropear su estructura. Se formaran terrones de distintos tamaños que dejarán un suelo granulado para el resto de la temporada. Dentro de los terrones, la tierra estará apelmazada. Esto no conviene en absoluto.

En cada suelo, el tempero se alcanza en un momento determinado, dependiendo de si es más arenoso o más arcilloso.

Los suelos arenosos rápidamente drenan el exceso de humedad tras las lluvias, y pueden ser trabajados a los pocos días. En cambio, los suelos arcillosos retienen mucha humedad por lo que habrá que esperar más tiempo para que alcancen un buen tempero.


¿Cómo identificar el tempero?

Si se tienen dudas, lo mejor es cavar un poco y tomar un puñado de tierra a unos 10 cm de profundidad. Si al apretarla en la mano expulsa agua, brilla su superficie como si estuviera mojada o forma un bloque compacto, el suelo no está listo todavía. Hay que esperar a que pasen otros cuantos días de tiempo seco y soleado. Otra manera de identificar una tierra demasiado húmeda, es cuando se ve que se pega en la azada al cavar con ella, y en la suela de los zapatos o botas, formando una masa pegajosa. Es muy característico y molesto.

Habrá un tempero adecuado cuando al apretar un puñado de tierra en la mano, se sienta húmedo pero no se vea el brillo del agua ni gotas líquidas. Además, al apretar el bloque formado con los dedos, se deshace inmediatamente. Se notará también como la tierra apenas se pega en la azada o en las botas.

Si el suelo está muy seco, habrá que regarlo el día antes de comenzar a labrarlo. De lo contrario saldría mucho polvo (nutrientes que se pierden en el aire), y resultaría muy complicado de trabajar, especialmente si es arcilloso, si ha estado muchos años sin cultivar o si ha sido pisado por maquinaria.







Retirar la vegetación

Foto 1. Restos de vegetación muerta y viva sobre el suelo del huerto.


Lo primero que hay que hacer siempre antes de comenzar a remover la tierra, es retirar tanto la vegetación viva que crece sobre el suelo, como los restos del cultivo anterior.

También se podrían enterrar mediante el laboreo, para que enriquecieran el suelo, pero esto es muy dificultoso con herramientas manuales. Es mucho mejor llevarlos al montón del compost (el estómago del huerto o jardín) para que se descompongan y más adelante devolverlos a la tierra, ya como compost maduro.

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La mejor herramienta para eliminar la vegetación del suelo es una azada ancha (ver foto abajo) y bien afilada, que pueda cortar la hierba a ras de suelo, raspando la superficie. Las raíces pueden dejarse bajo tierra para que se descompongan y aporten nutrientes al suelo, o retirarlas en labores posteriores.

Una vez raspada toda la vegetación, con una horca se carga en la carretilla y se lleva al montón del compost. Si está cerca, se puede llevar directamente en la horca, sin usar la carretilla.

Otra alternativa consiste en retirar la vegetación a medida que se va cavando el suelo. De esta forma, la tierra queda más limpia, puesto que las plantas son extraídas casi completamente, pero obliga a estar agachándose constantemente para recoger las plantas con las manos, y teniendo que sacudirlas para que caiga la tierra que permanece unida a sus raíces.


Labrar el suelo

Ahora llega el momento de la verdad. Hay que armarse de paciencia y comenzar a roturar el suelo con una herramienta adecuada, que permita bajar hasta al menos 25-30 cm de profundidad, y además romper los terrones que vayan apareciendo.

Lo más habitual es que se usen azadas para esta labor, si bien es cierto que otras herramientas, como una buena horca de cavar (foto abajo), o un garabato (como la horca pero curvo), hacen el trabajo mucho más fácil y además de alcanzar profundidades mayores, la tierra queda más esponjosa y con menos terrones.






✧ Horca de cavar

Otra herramienta que se puede utilizar para esta labora es el palote. A diferencia de la la horca, suele tropezar con muchas piedras que le impiden profundizar y deja el suelo lleno de terrones que luego hay que romper. Es mejor para hacer bancales, para cambiar la tierra de lugar o para voltear el suelo, por ejemplo para enterrar estiércol o compost.

En cuanto a la manera de cavar, lo ideal es no voltear las capas del suelo, dejando que la tierra de la superficie quede en la superficie y la más profunda permanezca a la misma profundidad a la que estaba. Si se cambia el orden, se estará mandando la tierra más fértil y con mayor actividad biológica a la parte profunda, dónde al haber menos oxígeno perecerán la mayoría de los microorganismos y dejarán de descomponer y mineralizar la materia orgánica. La fertilidad del suelo bajará. Para cavar sin voltear el suelo, es más útil de nuevo la horca de cavar o el garabato, o aún mejor, la horca de doble mango.

Si desea aportar abono, estiércol o compost, hay que esparcirlo por toda la superficie antes de comenzar a cavar, de forma que se vaya incorporando al suelo a medida que se trabaja la tierra. Lo ideal es que esté bien descompuesto y que tenga una textura suelta, que permita distribuirlo bien.

Foto 2. Extendiendo estiércol sobre la tierra del huerto antes de cavar.

Si se cava con azada o palote (pala de jardinería), una vez se termine, habrá que tomar un garabato (cultivador similar a una horca curvada) y dar otra pasada o dos con él para romper los terrones que hayan quedado y soltar definitivamente la tierra. Después de esto quedará una textura esponjosa y homogénea.

Por este motivo, es recomendable hacerlo con una horca para cavar, que deja muchos menos terrones y de menor tamaño. Además, requerirá mucho menos esfuerzo, ya que se clava infinitamente mejor en la tierra (pisando con el pie), y aunque haya piedras no se detiene en su avance.


Consejos importantes

✦ Todas las piedras y palos más grandes que una nuez hay que ir apartándolos a un lado para luego recogerlos.

✦ Si se ve que salen a la superficie insectos plaga (como por ejemplo larvas de gallina ciega (Phyllophaga spp.), gusano de alambre, gusanos cortadores, etc) conviene retirarlos del suelo. Son parte de la dieta de las gallinas.






✦ Hay que tratar de pisar lo menos posible la tierra removida. Utilizar la horca de cavar lo permite, ya que se trabaja hacia atrás, al contrario que con la azada.



Rastrillar

Finalmente, y sobre todo si se va a sembrar directamente en la tierra, no está de más pasar un rastrillo un par de veces para retirar piedras, palos y terrones que pudieran quedar cerca de la superficie. Si no se quitan, podrían dificultar o impedir el nacimiento de las semillas que se siembren.

Este paso no es tan necesario, o directamente se puede omitir, cuando se van a poner las hortalizas en el terreno por medio del trasplante. No necesitarán emerger del suelo.


A partir de este momento el suelo ya estaría preparado para sembrar, pero veamos cómo podemos ahorrarnos todo ese trabajo el próximo año.


Organización en bancales

Para evitar tener que realizar todo este proceso año tras año, o incluso antes de cada siembra, es muy útil organizar el huerto en bancales elevados (o a nivel del suelo), Los bancales son zonas de cultivo separadas por pasillos.

Las zonas dónde se cultivará serán siempre la mismas, de forma que solo se pisará en los pasillos y nunca en los bancales. Con esto se evitará que el suelo se apelmace, pero aún se puede hacer más.

Además de la organización en bancales, si se realiza un acolchado de las zonas cultivadas, se impedirá la formación de la costra superficial por el efecto de la lluvia y la desecación del sol, entre otras muchas ventajas.

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