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Cómo se prepara el terreno para sembrar


Aquí encontrarás información detallada sobre la preparación del terreno antes de sembrar, por qué y cómo hay que prepararlo, cuándo hacerlo, y además te contaremos.


En la naturaleza, nadie prepara el terreno para que las semillas germinen y las plantas desarrollen sus raíces en el suelo. Entonces, ¿por qué hay que hacerlo cuando se cultiva un huerto?

La diferencia principal que hace esta labor necesaria, es que en un huerto tradicional, la tierra se suele compactar mucho tras una temporada de cultivo.

Esto es debido a dos causas principales: la primera, y más obvia, es que al pisar la tierra —cosa que es necesaria para realizar trabajos de mantenimiento, recolecciones, etc— se va apelmazando y endureciendo. La segunda causa es la lluvia, aunque menos importante, que crea una costra endurecida sobre el terreno y que dificulta mucho la salida de los brotes de las plantas.

Si no preparáramos la tierra antes de sembrar el siguiente cultivo, las raíces de las plantas tendrían muchas dificultades para penetrar en el suelo. Les costaría mucho encontrar los nutrientes y el agua necesarios para su desarrollo y, en consecuencia, su crecimiento sería muy lento. Las plantas tenderían al enanismo y los frutos serían escasos y de una muy pobre calidad. Y esto no es lo que desearía cualquier horticultor, a pesar de que la preparación del terreno sea una de las labores más pesadas del huerto, casi siempre es necesaria.


Proceso de preparación

Como vimos en la introducción anterior, con la preparación del terreno lo que pretendemos principalmente es aflojar la tierra, dotarla de una estructura más esponjosa, para que las raíces se extiendan más fácilmente. Pero, además, se suelen aprovechar las labores preparatorias para aportar abonos y enmiendas al suelo, mezclándolos con la tierra, ya sea para corregir características indeseadas —como pH muy alto o muy bajo, escaso porcentaje de materia orgánica, etc—, o para aportar nutrientes y mejorar la fertilidad.

El laboreo de la tierra se puede hacer con herramientas manuales —si es poca extensión— o mediante maquinaria, ya sea motoazada o tractor, si es mucho terreno el que hay que preparar. En este artículo nos centraremos en el laboreo de un huerto familiar, que se puede hacer perfectamente de forma manual, aunque se cobre algunas horas de trabajo.

Veamos el proceso detallado paso a paso.


Tempero o sazón

Estás dos palabras definen el estado del terreno cuando está listo para ser trabajado, es decir, ni demasiado húmedo —la tierra se pega a los zapatos y a las herramientas— ni demasiado seco —sale polvo al cavar y la tierra tiene un color pálido—.

Es muy importante no trabajar el suelo hasta que tenga un correcto nivel de humedad, es decir, que haya alcanzado el tempero. Si lo preparamos estando muy húmedo solo conseguiremos estropear su estructura, se formaran terrones de pequeño tamaño que dejarán un suelo granulado para el resto de la temporada. No conviene en absoluto.

En cada suelo, el tempero se alcanza en un momento determinado, dependiendo de si es más arenoso o más arcilloso. Los suelos arenosos rápidamente drenan el exceso de humedad tras las lluvias y pueden ser trabajados a los pocos días. En cambio, los suelos arcillosos retienen mucha humedad por lo que habrá que esperar más tiempo para que alcancen un buen tempero.

Si tenemos dudas, lo mejor es cavar un poco y tomar un puñado de tierra a unos 15 o 20 cm de profundidad. Si al apretarla en la mano expulsa agua, brilla su superficie como si estuviera mojada o forma un bloque que no se deshace, el suelo no está listo todavía. Hay que esperar a que pasen otros cuantos días de tiempo seco y soleado. También suele pegarse en la azada cuando se cava con ella y en la suela de los zapatos o botas, formando una masa pegajosa.

Habrá tempero cuando al apretar el puñado de tierra lo notemos húmedo pero no veamos rastro del agua y cuando lo movemos o tratamos de deformarlo se rope y cae la tierra desmenuzada. Notaremos también como la tierra no se pega en la azada ni en las botas —o muy poco—.

Si el suelo está muy seco, tendremos que regarlo el día antes de que vayamos a cavar. De lo contrario saldría mucho polvo y nos resultaría muy complicado labrarlo, especialmente si es arcilloso, si ha estado muchos años sin cultivar o ha sido pisado por maquinaria.


Retirar la vegetación

Foto 1. Restos de vegetación muerta y viva sobre el suelo del huerto.

Lo primero que debemos hacer siempre antes de comenzar a remover la tierra —si no lo hemos hecho ya— es retirar tanto la vegetación viva que crece sobre el suelo, como los restos del cultivo anterior. Podríamos tratar de enterrarlos mediante el laboreo para que abonaran el suelo pero esto es muy dificultoso si pretendemos hacerlo a mano. Es mejor llevarlos al montón del compost para que se descompongan y más adelante devolverlos al huerto ya como compost maduro.

La mejor herramienta para eliminar la vegetación del suelo es una azada ancha y bien afilada, que pueda cortar la hierba a ras de suelo. Las raíces podemos dejarlas bajo tierra para que se descompongan y aporten nutrientes al suelo.

Una vez raspada toda la vegetación, con una horca la cargamos en la carretilla y la llevamos al montón del compost. Si estamos cerca podemos tirarla directamente sin usar la carretilla.


Labrar el suelo

Ahora llega el momento de la verdad. Tendremos que armarnos de paciencia y comenzar a roturar el suelo con la herramienta que más nos guste. Eso sí, tiene que alcanzar una buena profundidad —al menos 25 cm— y permitirnos romper los terrones que vayan quedando.

Lo más habitual es que se usen azadas para esta labor, si bien es cierto que otras herramientas, como la horca de cavar, hacen el trabajo mucho más fácil y además de alcanzar profundidades mayores, la tierra queda más esponjosa y con menos terrones. Es nuestra preferida. Otra que también se utiliza es el palote, que a diferencia de la la horca, suele tropezar con muchas piedras que le impiden profundizar y deja el suelo lleno de terrones que luego hay que romper.

En cuanto a la manera de cavar, lo ideal es no voltear las capas del suelo, dejando que la tierra de la superficie quede en la superficie y la más profunda permanezca a la misma profundidad a la que estaba. Si cambiamos el orden, estaremos mandando la tierra más fértil y con mayor actividad biológica a la parte profunda, dónde al haber menos oxígeno perecerán la mayoría de los microorganismos y dejarán de descomponer y mineralizar la materia orgánica. La fertilidad del suelo bajará. Para lograr este fin, es más útil de nuevo la horca de cavar o, aún mejor, la horca de doble mango.

Si pretendemos aportar abono, estiércol o compost, antes de cavar lo esparciremos por toda la superficie, de forma que se vaya incorporando al suelo a medida que removemos la tierra. Lo ideal es que esté bien descompuesto y tenga una textura suelta que permita distribuirlo bien.

Foto 2. Extendiendo estiércol sobre la tierra del huerto antes de cavar.

Si cavamos con azada o palote, una vez que terminemos, tendremos que tomar un garabato y dar otra pasada con él para romper los terrones que hayan quedado. Notaremos como la tierra ya queda más suelta y homogénea.


➤ Consejos

✦ Todas las piedras más grandes que una nuez que encontremos las iremos apartando a un lado para luego recogerlas.

✦ Si vemos que salen a la superficie insectos plaga —como por ejemplo larvas de gallina ciega (Phyllophaga spp.), gusano de alambre, etc— tenemos que retirarlos de nuestro suelo.

✦ Hay que tratar de pisar lo menos posible la tierra removida. Utilizar la horca de cavar lo permite, ya que se trabaja hacia atrás.


Rastrillar

Finalmente, no está de más pasar un rastrillo un par de veces para retirar piedras que pudieran quedar cerca de la superficie y que, si no las quitamos, podrían dificultar o impedir la nascencia de las semillas que sembremos. No es tan necesario cuando vamos a trasplantar las hortalizas al lugar definitivo, ya que no necesitarán emerger del suelo. En este caso, trataremos solamente de que no queden piedras en el hoyo de plantación.


A partir de este momento el suelo ya estaría preparado para sembrar, pero veamos cómo podemos ahorrarnos todo ese trabajo el próximo año.


Organización en bancales

Para evitar que tengamos que preparar el suelo cada año, o incluso tras cada cultivo, podemos organizar el huerto en bancales, es decir, en zonas de cultivo y pasillos que serán siempre los mismos, de forma que solo pisemos en los pasillos y nunca en los bancales. Con esto ya evitaremos que el suelo se apelmace por pisarlo, pero aún podemos hacer más.

Además de la organización en bancales, si realizamos un acolchado de las zonas cultivadas, reduciremos la formación de la costra superficial por el efecto de la lluvia y la desecación del sol, entre otras muchas ventajas.

➟ Ahora que ya sabes cómo preparar el terreno para sembrar, mira también qué plantar en un huerto.

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