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Preparación del suelo para el tomate

Antonio Amigo - APÚNTATE ✉
Si la estructura o fertilidad del suelo no es la adecuada para el cultivo del tomate habrá que labrarlo y realizar las enmiendas necesarias.

Es posible que algunas de las labores que verás a continuación no tengas que hacerlas en tu huerto, pero te las contaremos igualmente para que puedas decidir.


Subsolado

Esta labor es necesaria en suelos que nunca se han cultivado o sobre los que hubo mucha actividad de maquinaria, paso de personas o animales, etc.

Consiste en labrar en profundidad el suelo para romper la costra de tierra dura y compactada que no permitiría el buen desarrollo de las tomateras.

Tras esta labor, la tierra queda llena de terrones que pueden ser bastante duros y que también hay que destruir para lograr que el suelo tenga una textura suelta y mullida.

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Enmienda

El cultivo de tomate es muy exigente en nutrientes y, por tanto, habrá que mantener la fertilidad del suelo en niveles altos, tratando de lograr un buen equilibrio entre los diferentes nutrientes.

En el cultivo profesional es imprescindible realizar análisis del suelo para determinar en qué estado se encuentran los nutrientes —entre otras cosas—, y así poder realizar enmiendas con las proporciones adecuadas de cada compuesto.

Sin embargo, en agricultura orgánica —y más aún en la doméstica— no es necesario realizar análisis químicos, a menos que se manifieste algún problema. Basta con alimentar el suelo regularmente con materia orgánica y restos minerales —como conchas, cáscaras de huevo, ceniza de madera, etc— para asegurar una buena fertilidad.

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Es frecuente añadir cal a los suelos para regular el pH de los mismos o contrarrestar la acidez cuando se aporta materiales que lo acidifican, como el compost. La ceniza tiene un efecto similar a la cal para reducir la acidez y, además, aporta algunos nutrientes extra —además del calcio— como el potasio.







Cuándo mejorar el suelo

Por tanto, los aportes que realizaremos al suelo durante el otoño e invierno de cada año serán: materia orgánica en forma de estiércol bien maduro, compost, mantillo o humus —frecuentemente el compost ya incorpora un poco de cada uno de ellos— y también podemos esparcir un par de puñados de ceniza de madera por cada metro cuadrado de terreno —a menos que el suelo sea alcalino—.

A esto se añade el acolchado de la temporada anterior, que poco a poco se va descomponiendo en la superficie del suelo y cuyos nutrientes van penetrando en la tierra arrastrados por la lluvia.


Labrado y mullido

Arar o cavar el suelo es necesario siempre y cuando la textura no sea la adecuada o se precise incorporar enmiendas.

En cambio, si no se pisa el suelo sobre el que se cultiva —por ejemplo haciéndolo por pasillos situados entre las camas o bancales— no será necesario labrarlo a menos que se quiera enterrar estiércol, compost, etc.

La textura se mantendrá suelta y mullida por mucho tiempo, especialmente si se realizan acolchados durante la temporada de cultivo.

Suponiendo que la textura no sea buena —el suelo está duro, presenta muchos terrones, está seco o agrietado— habrá que labrarlo, bien sea con arado o motoazada, o manualmente con azada, horca, etc.

Si el suelo contiene poca materia orgánica —tiene un color pálido— no importará mucho si se voltea la tierra al labrarlo. En cambio, en suelos ricos en materia orgánica (oscuros) es mejor mantener la tierra en su lugar y simplemente romper su estructura con una rastra, horca, etc.

Si se invierten los perfiles del suelo se estará alterando la actividad biológica del mismo e introduciendo desorden en un ecosistema equilibrado, lo que normalmente supondrá una pérdida de fertilidad.


Preparación del marco

Una vez que el suelo está listo para el cultivo, debemos acondicionarlo para recibir las plantas de tomate.

En función de cómo se vaya a regar o del espacio que se tenga, habrá que realizar surcos, camas elevadas o, si se desea, plantar directamente el el suelo plano —si no hay riesgo de encharcamiento y ni de escorrentía del agua de riego—.

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Para riego por inundación se suelen realizar surcos. En la cima de los mismos se plantarán las tomateras y cuándo sea necesario regar se inundará la parte baja de los surcos. De esta forma el agua no moja la zona de las raíces más cercana a la planta.


En cambio, para riego por goteo es mejor hacer bancales o camas elevadas que no se pisarán y que, llegado el momento, serán cubiertas con un material de acolchado.

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