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Tipos de suelos


Aquí clasificamos los suelos en función de factores importantes para el cultivo de las plantas como son la textura, el pH, la fertilidad, profundidad, salinidad, etc. sin entrar en la taxonomía edafológica que es de poca utilidad al hortelano aficionado.





Los suelos se pueden clasificar de muchas formas distintas, la mayoría de ellas bastante complejas para lo que nos ocupa.

Desde el punto de vista de la edafología ―ciencia que estudia los suelos― se clasifican atendiendo a su composición, ya sea granulométrica, química, etc.

En agronomía se agrupan en función de las aptitudes que tienen para el cultivo.

En ingeniería civil se clasifican según sean sus características físicas y su aptitud para soportar construcciones.

Todas estas clasificaciones están muy bien para los expertos que las manejan, ya que necesitan que sean muy precisas y descriptivas, pero son demasiado complejas para un aficionado a la horticultura y del todo innecesarias.

Por todo ello, en este artículo vamos hablar de los tipos de suelos en función de parámetros que son importantes para el desarrollo de las plantas, pero que son muy fáciles de comprender y utilizar.


Granulometría o textura

La granulometría es la proporción de las partículas de suelo de distintos tamaños: limos y arcillas, arenas, gravas, guijarros, etc.

Cuanto mayor es la proporción de partículas gruesas en un suelo, este será más poroso, ligero, de textura desagregada, almacenará poca agua y será poco fértil.

Por el contrario, si predominan las partículas finas, el suelo será pesado, compacto, retendrá mucha agua y será rico en nutrientes.

Atendiendo a lo anterior, hablaremos de estos tres tipos de suelos:


Arenosos

Suelos en los que predominan partículas del tamaño de granos de arena.

Son muy comunes en zonas de roca granítica y areniscas, cauces de ríos, antiguas playas o fondos de lagos.

Podemos referirnos a ellos como suelos de textura arenosa, pues cuando se toma un puñado en la mano nos recuerda a la arena de playa.

No permite ser amasado entre las manos ya que las partículas suelen desprenderse.

Este tipo de suelos retiene poca agua y pocos nutrientes, por lo que no son muy apropiados para el cultivo, a menos que se fertilice y riegue al mismo tiempo y con mucha frecuencia.

Se pueden corregir aportándoles materia orgánica o arcillas.


Francos

➽ Suelo de nuestro huerto de textura franco-arenosa.

Son suelos que tienen una porpoción similar de partículas gruesas (arena) y finas (arcilla y materia orgánica).

Retienen una buena cantidad de agua pero no se encharcan, son moderadamente fértiles, se trabajan sin demasiado esfuerzo y permiten un buen desarrollo de la vida del suelo y de las raíces.

A priori, se trata de buenos suelos para el cultivo.





Arcillosos

Este último tipo ―atendiendo a la textura― se caracteriza por poseer una gran proporción de partículas finas o arcillas, por lo que retienen grandes cantidades de agua, encharcándose con facilidad, puesto que la drenan muy lentamente.

Al retener tanta agua y liberarla poco a poco, suelen ser suelos que siempre tienen agua disponible para las plantas, por lo que necesitan muy poco o ningún riego.

Debido a esta estructura de partículas finas, suelen ser suelos que tienden a compactarse mucho, volviéndose muy duros y complicados de trabajar cuando están secos y una trampa de lodo cuando están mojados.

Esta estructura tan compacta deja pocos huecos vacíos, que además son de muy pequeño tamaño y suelen llenarse de agua con mucha facilidad. Esto hace que el aire tenga muchas dificultades para penetrar en la tierra, lo que dificulta el desarrollo de la vida subterránea ―también las raíces.


Profundidad

La profundidad de los suelos es un factor importante a la hora de cultivar en ellos. A más profundidad mayor área tendrán las raíces para explorar, pudiendo encontrar más nutrientes y agua, logrando un mejor anclaje y dependiendo menos del riego.

Que un suelo sea más o menos profundo suele depender de la posición que ocupa en el terreno circundante. Si se encuentra en una zona elevada, está más sometido a la erosión y será más somero.

En cambio, los que se encuentran en el fondo de depresiones del terreno ―como los valles―, suelen ser muy profundos, pues esas zonas acumulan los materiales que se erosionan de las cumbres y laderas.


Superficiales

Este tipo solo tiene unos pocos centímetros de profundidad ―a veces menos de 5 cm― y rápidamente aparece debajo la roca madre.

No son apropiados para el cultivo puesto que se secan con mucha facilidad y apenas permiten el anclaje y nutrición de las plantas.

Suelen encontrarse en las cumbres, o sobre terrenos con cierta pendiente que tienen una roca muy dura debajo.


Moderadamente profundos

Tienen más profundidad que los anteriores, pero no suelen llegar a 1 metro.

Se pueden encontrar en zonas elevadas y llanas, o en laderas con cierta pendiente.

Si el resto de sus características son buenas, se trata de suelos apropiados para la mayoría de las plantas, ya que pocos cultivos necesitan profundizar más allá de 1 metro.


Muy profundos

Pueden tener entre uno y varios metros de profundidad, y suelen encontrarse en el fondo de los valles o en amplias y antiguas llanuras.

Se trata de suelos aptos para la agricultura ―a menos que tengan algún problema particular―, aunque solo los primeros centímetros son aprovechables por las plantas. No obstante, la humedad que almacenan si se transfiere hacia la superficie por capilaridad ―si son francos o arcillosos.

Estos suelos profundos son ideales para el cultivo de árboles, ya que las raíces de estos si logran profundizar varios metros y obtener el agua y los nutrientes de esas zonas.





Humedad

Aquí hablaremos de tres tipos de suelos según la cantidad de agua que retienen.


Secos

➽ Suelo arcilloso seco y resquebrajado

Suelen ser de textura arenosa ―aunque no siempre―, con pocas arcillas y materia orgánica, por lo que el agua suele escaparse por entre las partículas como si se tratara de un colador.

Son suelos que por mucho que se rieguen, a cabo de unas horas ya están de nuevo secos.

Normalmente la tierra tiene un color claro y se disgrega al rasparla.

En lugares áridos pueden no ser suelos arenoso y sin embargo estar secos, como ocurre con el de la foto adjunta.


Húmedos

Normalmente son suelos de textura franca, que retienen cierta cantidad de agua durante un tiempo, pero que no que se encharcan ya que el drenaje es bastante bueno.

Son los mejores para cultivar en ellos, ya que no suelen provocar problemas de asfixia radicular pero al mismo tiempo conservan bastante bien el agua de riego y de lluvia.

Color oscuro y tierra agregada pero que se deshace formando pequeños terrones.


Encharcados

Se corresponden con los suelos arcillosos y que casi siempre se encuentran húmedos, a menos que pase mucho tiempo sin llover y el nivel freático esté muy profundo.

Como ya vimos, se encharcan fácilmente incluso con lluvias moderadas, ya que su drenaje es muy deficiente. La asfixia radicular es un mal frecuente en este tipo de suelos, por lo que no son apropiados para el cultivo en zonas lluviosas y llanas o deprimidas.

Color oscuro o rojizo y tierra que forma grandes terrones o bloques.


pH: acidez o alcalinidad

El pH es un parámetro que mide cuanto de ácida o de alcalina es una sustancia, en este caso el suelo.

En general, el pH del suelo está muy relacionado con el de la roca a partir de la cual se ha formado este. A modo de ejemplo, los granitos son rocas ácidas, mientras que la caliza es básica.

Además, cuanto mayor sea el porcentaje de materia orgánica de un suelo, más ácido será este.


Ácidos

Muy comunes en zonas de roca granítica y climas lluviosos, con abundante vegetación y, por tanto, también materia orgánica.

La mayoría de las plantas prefieren suelos ligeramente ácidos, ya que en ellos es mayor la diversidad de nutrientes que se encuentran disponibles en la solución del suelo.

Si la acidez es demasiado elevada, estos suelos se pueden enmendar con cal agrícola o cenizas de madera, entre otros.


Neutros

Ni ácidos ni alcalinos, justo en el punto medio.

Son apropiados para el cultivo, aunque ciertos nutrientes pueden comenzar a estar menos disponibles que en los suelos ácidos.





Básicos o alcalinos

Son los menos buenos de los tres. El pH elevado hace que muchos nutrientes precipiten ―dejar de estar disueltos en el agua del suelo―, por lo que las plantas ya no pueden disponer de ellos y aparecen carencias.

Una de las deficiencias más comunes de este tipo de suelos es la de hierro, muy apreciable en los cítricos en forma de clorosis dispares en las hojas.

Se puede corregir aportando materia orgánica o compuestos del azufre, entre otros.


Fertilidad

La fertilidad es la capacidad que tiene un suelo para nutrir a las plantas, y puede variar mucho de unos a otros.

Se puede hablar de muchos grados de fertilidad, y cada grado sería un tipo de suelo, pero en este artículo no lo vamos a hacer así porque no es necesario.

Hablaremos solamente de suelos fértiles y suelos poco fértiles.


Fértiles

Son aquellos que disponen de todos los nutrientes en forma asimilable, y en las cantidades y proporciones adecuadas para el correcto desarrollo de las plantas.

A diferencia de todos los factores anteriores, la fertilidad se pierde a medida que se cultiva un suelo, ya que se extraen nutrientes ―en forma frutos, forrajes, etc. Esto hace que sea necesario actuar a su favor para conservarla mediante el abonado, preferiblemente orgánico.


Poco fértiles

Se trata de suelos que han sido despojados de sus nutrientes ―o de buena parte de ellos― y que aún no se han recuperado, o aquellos que no son capaces de retenerlos, como ocurre con los arenosos, en los cuales se produce un lavado de nutrientes hacia capas profundas donde no llegan las raíces de las plantas.

Como ya se dijo, tampoco son fértiles los suelos muy alcalinos, puesto que aunque contengan todos los nutrientes, muchos de ellos no se encuentran disponibles para las plantas ―no están disueltos.

Siempre que la textura y el pH sean adecuados, los suelos poco fértiles o estériles se pueden mejorar mediante el aporte de materia orgánica.


Salinos

Como su nombre indica, la salinidad hace referencia a la presencia de sales conductoras en el suelo.

Si estas sales se encuentran en grandes cantidades, la solución del suelo se vuelve muy concentrada, impidiendo que las raíces de las plantas puedan absorber nutrientes y agua.

Se podría hablar de suelos salinos y no salinos, pero lo cierto es que se pueden dar muchos grados intermedios, y no todas las plantas toleran la salinidad de la misma forma.

En general, los suelos salinos no son aptos para el cultivo.

Regar con agua de mala calidad ―por ejemplo de desagües o salobre― aumenta la salinidad del suelo, al igual que la aplicación de fertilizantes en grandes cantidades.





Tóxicos

Por último, se pueden clasificar los suelos según presenten algún tipo de reacción tóxica para las plantas, bien porque contengan sustancias perjudiciales para los vegetales u otras que no lo son pero que están en concentraciones tan elevadas que presentan ese efecto.


Esta es, desde nuestro punto de vista, la tipología de suelos más importante a la hora de cultivar un huerto o jardín, pero existen otras mucho más profesionales, como la USDA-Soil Taxonomy, un riguroso sistema de clasificación de suelos que los agrupa en órdenes, subórdenes, subgrupos, grandes grupos, familias y series.

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