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Preparación del suelo para el tomate

Si la estructura o fertilidad del suelo no es la adecuada para el cultivo del tomate habrá que labrarlo y realizar las enmiendas necesarias



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Subsolado



Esta labor es necesaria en suelos que nunca se han cultivado o sobre los que hubo mucha actividad de maquinaria, paso de personas o animales, etc.

Consiste en labrar en profundidad el suelo para romper la costra de tierra dura y compactada que no permitiría el buen desarrollo de las tomateras.

Tras esta labor, la tierra queda llena de terrones que pueden ser bastante duros y que también hay que destruir para lograr que el suelo tenga una textura suelta y mullida.


Enmienda



El cultivo de tomate es muy exigente en nutrientes y, por tanto, habrá que mantener la fertilidad del suelo en niveles altos, tratando de lograr un buen equilibrio entre los diferentes nutrientes.

En el cultivo profesional es imprescindible realizar análisis del suelo para determinar en qué estado se encuentran los nutrientes —entre otras cosas—, y así poder realizar enmiendas con las proporciones adecuadas de cada compuesto. Sin embargo, en agricultura orgánica —y más aún en la doméstica— no es necesario realizar análisis químicos, a menos que se manifieste algún problema. Basta con alimentar el suelo regularmente con materia orgánica y restos minerales —como conchas, cáscaras de huevo, ceniza de madera, etc— para asegurar una buena fertilidad.

Es frecuente añadir cal a los suelos para regular el pH de los mismos o contrarrestar la acidez cuando se aporta materiales que lo acidifican, como el compost. La ceniza tiene un efecto similar a la cal para reducir la acidez y, además, aporta algunos nutrientes extra —además del calcio— como el potasio.

Por tanto, los aportes que realizaremos al suelo durante el otoño e invierno de cada año serán: estiércol bien maduro, compost, mantillo o humus —frecuentemente el compost ya incorpora un poco de cada uno de ellos— y también podemos esparcir un par de puñados de ceniza de madera por cada metro cuadrado de terreno —a menos que el suelo sea alcalino—. A esto se añade el acolchado de la temporada anterior, que poco a poco se va descomponiendo en la superficie del suelo y cuyos nutrientes van penetrando en la tierra arrastrados por la lluvia.


Labrado y mullido



Arar o cavar el suelo es necesario siempre y cuando la textura no sea la adecuada o se precise incorporar enmiendas. En cambio, si no pisamos el suelo sobre el que se cultiva —por ejemplo haciéndolo por pasillos situados entre las camas o bancales— no será necesario labrarlo a menos que queramos enterrar estiércol, compost, etc. La textura se mantendrá suelta y mullida por mucho tiempo, especialmente si realizamos acolchados durante la temporada de cultivo.

Suponiendo que la textura no sea buena —el suelo está duro, presenta muchos terrones, está seco o agrietado— tendremos que labrarlo, bien sea con arado o motoazada, o manualmente con azada, horca, etc.

Si el suelo contiene poca materia orgánica —tiene un color pálido— no importará mucho si volteamos la tierra al labrarlo. En cambio, en suelos ricos en materia orgánica es mejor mantener la tierra en su lugar y simplemente romper su estructura con una rastra, horca, etc. Si invertimos los perfiles del suelo estaremos alterando la actividad biológica del mismo e introduciendo desorden en un ecosistema equilibrado.


Preparación del marco



Una vez que el suelo está listo para el cultivo, debemos acondicionarlo para recibir las plantas de tomate. En función de cómo vayamos a regar o del espacio que tengamos, realizaremos surcos, camas elevadas o, si queremos, plantaremos directamente el el suelo plano —si no hay riesgo de encharcamiento y ni de escorrentía del agua de riego—.

Para riego por inundación se suelen realizar surcos. En la cima de los mismos se plantarán las tomateras y cuándo sea necesario regar se inundará la parte baja de los surcos. De esta forma el agua no moja la zona de las raíces más cercana a la planta.

En cambio, para riego por goteo es mejor hacer bancales o camas elevadas que no pisaremos y que, llegado el momento, cubriremos con un material de acolchado.